miércoles, 3 de agosto de 2011








Hace unos días, sentada en la playa mirando al mar, había cerca de mí un grupo de chicas, quizás de escuela superior, que estaban tiradas en la arena, hablando entre ellas y riéndose probablemente de alguna tontería que esa edad es gracioso o interesante. Mi mente entonces se fue a aquellos tiempos en que la vida se sentía tan complicada pero cuando, años después, miras atrás te das cuenta que complicado es lo que viene luego. Que maravilloso sería volver a esa edad donde se siente que la vida de uno está comenzando, la mayor preocupación es si “salí bien en el examen de matemáticas” y en la que uno busca cuanta estrategia existe para cruzarse con el chico que te gusta en la escuela.  Sonrió de solo recordar esos momentos.  Cuantas “paveras” descontroladas, historias inventadas y terribles vergüenzas compartidas que hoy no son más que recuerdos de una época en la que todo tenía un aire de juventud, de inocencia  y de romanticismo.
            Yo crecí en una familia controladora y muy desconfiada de todo el mundo. Así que  mi primer novio oficial no fue hasta los 18,  mis “sleep over” eran contados y supervisados y mis viajes fuera de casa siempre fueron  con algún miembro de mi familia, o con algún adulto presente.  Eso de irme a las casa de playa de los padres de algunos de mis compañeros de clases y quedarme por allá en un grupo tanto de chicas como de chicos, no se permitía en mi casa…  Tampoco es que me hubieran invitado pero, si lo hubieran hecho, la respuesta “anyway” era NO.  Y yo podía gritar, pelear  y suplicar… y la respuesta seguiría siendo NO.           Mi vida a los 17 años, como yo la veía en aquel entonces, era una cárcel; yo contaba los minutos para salir de allí e irme lejos.  ¡Que tonta no!   Pero para que vean cómo se percibe la vida cuando no se nos deja hacer nuestra voluntad. 
            Por suerte, la vida me puso de frente a unas amigas cuya vida familiar era muy parecida a la mía y, que entre una cosa y la otra, terminamos creando una amistad tan fuerte que ha superado los cambios que traen los tiempos, las distancias y los diferentes intereses que se comienzan a tener cuando vamos creciendo. Yo, en definitiva, no sería la misma sin ellas. Mucho de lo que soy ahora se lo debo a esa amistad, que a su manera, me enseño a crecer, a aconsejar y a querer.
            No fue hasta que cumplí 21 cuando por fin logré irme de mi casa, tal y como lo había deseado por tanto tiempo; y lo hice mudándome a una de las ciudades más “Scary” que pude haber elegido, ¡New York!  Nunca, hasta ese momento, me había considerado una persona miedosa… sin embargo, New York logró que mi voz se quedara en la garganta (por el idioma), que dudara de mi capacidad para hacer amigos (porque estaba completamente sola), que perdiera el enfoque de a lo que iba (a estudiar mi maestría), que dudara sobre mi interés de vivir lejos de casa (por el evento de  septiembre 11),  y que me rompieran el corazón por primera vez (o al menos eso era lo que yo creía que se sentía  cuando te rompían el corazón)…   En un año,  New York  se encargó de ensarme todo lo que habían tratado de evitar que me ocurriera a lo largo de mis 21 os.  Y fue en ese momento que comencé a entender tantas cosas… porque cuando no se tiene la práctica de tomar decisiones, que muchos errores uno comete.  Pero “como lo que no te mata te hace más fuerte” y, siempre recordando  la gran frase célebre de mi abuelo para cuando las cosas se ponen difíciles, “apreté el joyo” y a cantazo aprendí a tomar las riendas de mis días. Entonces eventualmente mi voz salió, los amigos llegaron,  terminé mi maestría y mi corazón sano. 
            Cuando llegó la hora de decidir dar el próximo paso, tomé la decisión de regresar a casa; porque solo cuando uno está lejos es que se aprecia lo que uno dejo atrás; y yo, con todo y lo controladora, manipuladora, tradicionalista y metiche que es mi familia, la estaba echando mucho de menos.   Aunque  reconozco que en ocasiones  me pregunto si fue una decisión correcta.     
            Hoy día llevo 6 años de haber regresado a la Isla y pienso en mis días en New York como algo que pasó volando sin darme cuenta.   ¡Qué cosa con el tiempo, no!  Ahora me encuentro extrañando mis días caminando por la ciudad a cualquier hora del día y de la noche;  lo que era montarse en un tren y llegar a cualquier parte de los Estados Unidos con solo un “backpack”; el planificar ir a algún museo, evento en la ciudad, “Broadway show” o “street  fair” cada semana;  hacer un “brunch” con una amiga; ir a leer a algún parque que quede a “walking distance” de tu apartamento; o simplemente mirar a tu alrededor y ver las personas más extrañas que verías en toda tu vida.  Mi hermana aun vive por allá, así que cada vez que voy de visita trato de traerme conmigo un poquito de la vida que dejé… porque, aun con sus cosas negativas, New York desarrolló en mí carácter, y una seguridad en mi misma que yo no me conocía.
            Actualmente no puedo quejarme de mi vida, o debo decir, no debería  quejarme de mi vida. Nada de lo que me haya pasado ha sido irreparable y lo que no ha tenido solución, he aprendido a aceptarlo eventualmente.  Pero uno siempre se queja de lo que se tiene y de lo que no se tiene, sin detenerse a mirar a los que hay alrededor, que en definitiva,  a veces están peor que uno.  Yo tengo que decir que desde que cumplí 30 la vida me ha AZOTADO con todas sus fuerzas. No creo que tenga nada que ver con la edad, pero para mí es un punto de referencia ya que desde ese momento mi vida tomó un giro diferente  y mis perspectivas cambiaron. Quizás las personas que me rodean no lo vean a simple vista, pero el cambio que hubo en mí, yo lo siento en lo más profundo de mi alma y de mi ser.
            He tenido mi “fair amount”  de novios o enamorados, como probablemente todo el mundo a lo largo de su vida. Algunas personas, como mis padres, se casan con el primer novio(a) que tienen desde los 15 años y con ese pasan el resto de su vida. No estoy diciendo que han tenido la elección más correcta del mundo… pero al menos mis padres  “have stick by their decisión”.  Que más hubiera querido yo que tener la suerte de encontrar el amor a esa edad tan temprana… Me hubiera evitado que me “jamaquearan” en público a los 19, que me bajaran del carro a los 24, que me pegaran los cuernos a los 25, y que me humillaran a los 30.  Porque fue a los 30 que amé a alguien con todo lo que esa palabra representa,  completamente y con cada una de las células de mi cuerpo. Fue el año en que permití, por primera vez, que  mis ilusiones escondidas y mis deseos de formar una familia  salieran… pensé que había encontrado a la persona con la que haría una vida entera, la cual eventualmente llevaría hasta el cielo.  Dejé de verme a MI para verlo solo a ÉL. Y mientras más lo amaba más él pedía, y mientras más él pedía más yo le daba… y aun así no fue suficiente.  Al final,  yo lo veía a él, mi vida con él, mis sueños con él….  pero él nunca se dedicó a verme a mí.   Lección aprendida: “Se puede DAR sin AMAR, pero NO se puede AMAR sin DAR”. 
            Demás está decir que esa relación me dejó agotada, física y emocionalmente, sin más ganas que las de tirarme en una cama y dejar que el tiempo pasara mientras me olvidaba de que existo.   Y estando ahí, en esa cama imaginaria, donde como efecto fotográfico  (“motion blur”) todo a tú alrededor se mueve menos tú, me regreso a la realidad de la peor manera…  A mis 30, y con mucha tristeza en el alma, perdí a un amigo muy especial que decidió quitarse la vida.  Entonces sí, que  se me juntó “la gimnasia con la magnesia”… el corazón me quería estallar de dolor y en mi cabeza no cabían más que preguntas y confusión… y mi alma, que siempre había sido un alma alegre, se llenó de resentimiento y coraje. 
            ¡Karma!  Definitivamente, es el Karma el causante de todo esto, el que me estaba haciendo pagar algo que hice en algún momento de mi vida de lo que no me acuerdo o en alguna vida pasada.  No es que yo crea en vidas pasadas, pero dado a las circunstancias estoy dispuesta a creer en todo lo que me pueda hacer sentido.   ¿Cómo es posible que personas, que a mi entender han tomado peores decisiones que yo o han sido malos seres humanos, tengan tanta suerte?   Estoy por pensar que eso de nacer con estrella o nacer estrellado si es real;  o si no, es que sencillamente estoy siento golpeada por la ley de Murphy.  De cualquier manera “SUCKS”  y mí, no muy sabia, manera de manejar mi frustración fue el aislamiento.
            Durante ese tiempo pensaba mucho en mi amigo, y en las razones que lo llevaron a tomar una decisión como lo fue quitarse la vida. Francamente, aunque me costaba creer lo que había hecho, podía comprender el sentimiento de cansancio a vivir y de luchar.  Asimismo, poco a poco fui sintiendo como la parte de mí alegre y chispeante,  se iba deslizando  fuera de mi cuerpo.  Nada me producía alegría, ni placer, ni entusiasmo. Lo único que sentía era dolor,  un dolor que me hizo llorar por meses, todas las noches, profundamente; y un vacío como si me hubieran hecho un roto sin fondo en el alma y lo único que podía escuchar era mi propio eco.
            Hasta mi espiritualidad quedó afectada.  Primero, dejé de comulgar y, eventualmente, dejé de ir a misa.   Comencé a tener dudas sobre mi fe y lo que para mí siempre ella había representado.  Le suplicaba a quien me estuviera escuchando en el cielo, que por favor me diera fuerzas para salir de la cama, sueño para poder descansar en las noches y anestesia, pero para no sentir más el dolor… y nada.  Me sentía tan sola, que estaba segura de que hasta mi Ángel de la Guarda me había abandonado.  Me comencé a preguntar sobre porque nos enseñan desde niños a pedirle a Dios nuestros deseos o anhelos,  si al final siempre ÉL tiene la última palabra.  ¿No es más fácil enseñarnos desde niños, que es mejor dejar todo en las manos de Dios y aceptar lo que sea que te toque en esta vida?   Demás está decir que desde ese momento dejé de rezar.
Bien lo dijo Paulo Cohelo en su libro “Veronika decide morir”:Las pruebas más duras del camino espiritual son la paciencia de esperar el momento oportuno y el valor de no decepcionarse con lo que encontraron”...
            Mi familia, siendo Católica Apostólica Romana, encontraba mis acciones alertantes.  Por tal razón, tomaron como misión “devolverme al camino de Dios” como si en algún momento yo me hubiera salido.  Prendieron velas, me hicieron oraciones,  me dieron sermones conocidos sobre la fe y las pruebas y hasta me ungieron con aceite y agua bendita. Me estaban volviendo loca… mis oídos solo escuchaban mucho ruido y mi cerebro desesperado buscaba silencio. Ya no sabía qué hacer para encontrarlo y estaba cansada de discutir y de pedirles que me dieran tiempo. Que deseos tan grandes tenía de gritarles que yo simplemente había dejado de rezar y de ir a misa, que no me había metido en ningún culto al diablo… pero pobrecitos, puedo entender como mis acciones los llevaron a pensar que algún demonio me pudiera estar poseyendo, porque en honor a la verdad, mi resentimiento ante la vida se volvió tan grande que hasta llegué a creerlo en algún momento. Si Dios, como me dijo mi familia, me envió todas estas “pruebas” para probar mi fe… pues debo decir que esta vez no la pasé.  -F.
            Un día estando en casa de una de mis amigas, haciendo un esfuerzo por salir del limbo en que mis días se habían convertido, una de ellas se me acercó y me dijo preocupada que ella lo que veía en mí era que me habían lastimado la esencia de lo yo era;  que me habían tocado esa parte que tenemos cada uno de nosotros donde se encuentra nuestro equilibrio, nuestra seguridad y nuestra confianza.  Ella me pidió que hiciera un esfuerzo por luchar y recuperar mi balance, que luchara por volver a creer en mi juicio y que no dudara de que ella estaría ahí para ayudarme si yo la necesitaba.  Pero no fue hasta varios meses después que me puse  a leer un libro que me regaló mi hermana,  “EAT PRAY LOVE”, cuando comencé a entender no solo lo que mi amiga quería decir sobre mi esencia sino que me abrió los ojos sobre cosas a las que nunca les había prestado atención.  No voy a dar detalles sobre las cosas que me tocaron del libro pues para cada persona va a ser diferente, pero se los recomiendo.  Ah y, punto a parte, no pierdan el tiempo con la película.
            No puedo decir que, así como película “chick flick”, salí de mi estado de dolor, soledad y coraje en su totalidad… y lo sé porque aún no podía evitar sentirme resentida con las personas que tienen sus parejas, confundida con las personas que están llenas de luz y paz, pero sobretodo “annoyed” con las personas que se empeñan en hacer saber lo “maravillosa” que es su vida (Yeah right! Dime de lo que abundas y te diré de lo careces).   Uff! y tengo que admitir que por un tiempo facebook se convirtió en una verdadera tortura. Solo ver los “status” de algunas personas me daban ganas de borrarlos de mi listado por ridículos.
 Momentos como los de estos días son por los que soy feliz a tu lado. Te amo inmensamente y me encanta pasar mis mejores momentos de tu mano (Argh! Whatever!)  “Que maravilloso es despertar cada día siendo el protagonista de mi propia historia y los momentos inesperados son como la aventura de mis días.” (Please!) “Mmmm hoy me voy a comer una paella con tostones. Delicioso” (Who cares!).
            Definitivamente, lo mejor que hizo Mark Zuckerberg  fue crear el “Hide”. De esta manera no tuve ni que desactivar Facebook otra vez, ni borrar a nadie y mucho menos  chuparme estupideces cuando entro a mi “home”.
            Pero a pesar de todo eso, podía también sentir como una parte de mi comenzaba  a buscar soluciones para salir de esa cama imaginaria en la que me encontraba. Mi ánimo mejoró lo suficiente como para mantener mi mente ocupada, compartir en ambientes en los que no me sintiera incomoda,  a no comentar en ciertos temas o simplemente alejarme de conversaciones que podían hacerme daño en esa área de mí que todavía no estaba lista para ser trabajada.  Pero la lección más grande que tuve con todo estos eventos en mí vida es que he aprendido a buscar MI PAZ.  La paz interior que muchas veces la damos por sentado y a la que no le dedicamos tiempo; es ese sentimiento que de repente buscamos en momentos de ansiedad y miedo. Y déjenme decirles algo, buscar nuestra paz interior no es ninguna ciencia, es tan sencillo como ser “true to your feelings”, no dejar que nada que tú sabes te va a hacer sentir mal, incomoda, triste, ansiosa o enojada, te toque. Simplemente saber decirle NO a esas situaciones.
            ¡Pero que masoquistas somos!  Nos exponemos a todos esos sentimientos constantemente porque nos da la gana. Porque no sabemos decir que NO, ya sea por pena, por ayudar, por tratar de “fit in” o simplemente porque ya estamos tan acostumbrados que lo hacemos hasta inconscientemente.  Las familias abusan de esto constantemente, pero también existe en círculos de amistades y en el trabajo. Yo aproveché mi aislamiento y pensé en todo esto; y cuando comencé a salir de él lo hice poco a poco para comenzar  a cambiar los patrones a los que tenía acostumbrados a mi familia  y amigos. 
            No les voy a negar lo difícil que fue.  Mi familia comenzó a darme pelea y a manipularme para que terminara haciendo lo que ellos querían al yo dar mi NO rotundo, y las amistades, muchos prefirieron ignorar mi existencia o tratarme con indiferencia ante mi cambio de actitud.  ¡Vaya amigos! Pero favor que me hicieron realmente, porque muchas de esas amistades me proporcionaban, sin ellos darse cuenta, un sentimiento de estancamiento y tristeza (y para nada los responsabilizo por eso porque el sentimiento lo tenía yo y no era culpa de ellos).  Verlos a ellos que habían logrado éxito en varias áreas de su vida, entiéndase en el amor, hijos y en lo profesional, era un recordatorio constante de las ilusiones que puse en donde no debía.
            Y con esto, llegó a mi presente. Ayer cumplí 32 años y, junto con un año más, llegó la tormenta Emily a Puerto Rico trayendo con ella mucha lluvia, desbordamiento de ríos y derrumbes en carretera. Irónicamente, justo como a estado mi vida en estos últimos 2 años.  Tengo que admitir que, aunque ya no ando caminando en los laberintos del limbo, estoy en recuperación todavía.  A veces me pregunto si saldré del todo de esa recuperación o si serán heridas que nunca cicatrizaran bien.  Espero que no.  Deseo pensar que a medida que pase el tiempo voy a poder borrar aquellos recuerdos que tanto daño me hacen.  Aunque la realidad es que el corazón es como el papel que si lo estrujas y lo haces una bola, luego por más que quieras plancharlo, siempre van a quedar las arrugas, y yo siento que el mío quedo bien “estrujao”.  ¿Llegará alguien a mi vida que sepa caminar entre las arrugas?  Quién sabe. Lo que si les puedo garantizar es que NO espero nada de la vida, prefiero simplemente no ilusionarme;  recibir lo que ella quiera darme, siempre y cuando no venga a hacerme perder esa paz que tanto trabajo me costó recuperar y que, por nada del mundo, voy a permitir que algo o alguien venga a arrebatármela otra vez.

Eat Pray Love: El libro es sobre una mujer en sus “early thirties”  que, recién divorciada y ante la disyuntiva de qué camino coger, sale de su comodidad y lo arriesga todo en un viaje alrededor del mundo, el cual se convierte en una búsqueda para encontrarse a ella misma. Durante sus viajes descubre el verdadero placer de la comida en Italia, el poder de la oración en la India y, al final e inesperadamente, la paz interior y el equilibrio del verdadero amor en Bali.  Léanlo con un Highlighter en la mano, créanme que lo van a necesitar.